Cada vez más lejano, como si quisiera salirse del corazón de quienes lo amaron, él se va, se aparta. Uno puede mirarlo en su propio momento de penumbra o de sol, como en una parcela que podría ser retacito de plaza, de huerta o de desierto. Ahora, en su muerte, es él como realmente era y no como queríamos que fuese. Ya no le importa parecer perfecto y generoso. Va dejando que descubramos algunas mentiras, que hallemos ciertas respuestas que le borran los gestos magníficos con los que adornamos lujosamente su recuerdo.
Las lágrimas que vertimos por él lo han lavado, disolvieron los maquillajes de su corazón, y está hoy tan desnudo que nos cuesta creer que alguna vez se haya tomado el trabajo de calzarse zapatos, de pasarse veinte minutos frente al espejo buscando la manera de que su pulcra elegancia pareciera casual.
Y calla, calla, allá, lejano.
No tiene que confundirnos con palabras.
No le interesa ya, ya no le importa que creamos o no.
Desnudo y en silencio y sin pensar en lo que nos conviene o le conviene, él no solamente se ha alejado, sino que se borra a sabiendas. Y hasta cuando se cruza con nosotros por los corredores del sueño, se pone de espalda o de perfil y gira raudamente la cabeza para que no encontremos su gesto o su mirada.
Sin que sepamos cómo, se van perdiendo sus fotografías.
Queda una carta. O dos.
Que lejano, qué silencioso, qué solo.
Ya no nos atrevemos a llamarlo a los gritos, ni a llorarlo, ni a seguir convocándolo.
No quiere nuestro dolor ni nuestra pena, ni quiere que sigamos inventándolo.
Quiere alcanzar la paz que da el olvido.
Lejano, transparente, nos quiso. Y algunas veces seguiremos nombrándolo en nuestros rezos, cada vez más espaciadamente.
A exactos 10 años sin vos, esta entrada es tuya.