"Llegó una vez -como había ocurrido antes tantas otras- en que me encontré saliendo de una inconsciencia total con un primer sentimiento débil e indefinido de mi existencia. Lentamente - a paso de tortuga- se acercó la tímida aurora del día psíquico. Un torpe malestar, un sufrimiento apático de sordo dolor. Ni inquietud, ni esperanza, ni esfuerzo. Tras de un largo intervalo, un zumbido en los oídos; tras un lapso mayor aún, una punzante u hormigueante sensación en las extremidades; después, un período que me pareció eterno de plácida quietud, durante el cual los sentimientos se despiertan y luchan por transformarse en pensamiento; luego, una breve y nueva zambullida en la nada; después, una repentina vuelta a la vida.[...] Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, un éxito parcial y desvanecedor. Y entonces, la memoria que ha recobrado su dominio para que, en cierta medida, tenga yo conciencia de mi estado. Siento que no me despierto de un sueño ordinario. Recuerdo que soy propenso a la catalepsia. Y a la postre, como por el oleaje de un océano, mi espíritu estremecido es arrollado por el horrendo peligro, por la única, espectral y predominante idea. [...] Ya no podía dudar por más tiempo de que reposaba dentro de un ataúd para la eternidad."